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MARIANO SERENA GARUZ "BORBÓN"


Mariano Serena Garuz "Borbón"
NOTAS SOBRE UNA CONVERSACIÓN CON MARIANO SERENA GARUZ "BORBÓN"
 
12 de Noviembre de 2011

Autor del artículo: Pedro Bardaji Suarez
Publicado en el Libré de las Fiestas del año 2012
 
 
 
 
 
Para escuchar la entrevista completa, leída por el autor del artículo, clicar sobre el signo del triángulo del reproductor siguiente:
 

 

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Llevaba tiempo queriendo mantener una conversación con Mariano “Borbón”. Este hombre ha sido, durante varias décadas, el alma de la Puebla, el lubricante que ha hecho funcionar los complejos engranajes de la vida del pueblo. Ahora, a sus 86 años, con su paso lento, sobrado de goteras físicas, mantiene lúcida la mente, el genio vivo. “Borbón” es la memoria viva de toda una época, el guardián de los secretos.


Mariano "Borbón" durante la entrevista.
Autor de la foto: Pedro Bardaji Suarez
Me recibe en casa de su hijo Mariano, éste se llama como el padre y como el abuelo. Al igual que los Señores de Castro que cambiaban la vida austera en el enriscado pueblo de Castro por el más cómodo palacio de Estadilla, Mariano “Borbón” y su mujer María, están viviendo en Graus, en la confortable casa de su hijo Mariano, con la nuera Ana, y los nietos Alejandro y María. La casa es como un pequeño palacio, decorada con un gusto exquisito, llena de detalles, de cultura, de recuerdos, de reconocimiento a seres que fueron queridos, en un entorno familiar que arropa y proporciona seguridad.

La conversación fluye fácilmente. Los recuerdos movilizan emociones, la cara de “Borbón”, sus gestos, revelan que está reviviendo con nostalgia el pasado.



Nació en 1925. Fue el quinto de seis hermanos. Las dos primeras murieron al poco de nacer. El tercero, Joseré, vivió imposibilitado en una cama, le llegó la muerte con 8 años. El cuarto, Antonio, falleció en la guerra. El sexto, Manolo, marchó a la búsqueda de un futuro mejor, se casó y vivió en Jaca. Y “Borbón”, el hijo número cinco, se quedó en casa, a llevar las tierras de la familia y a heredar el oficio de aguacil y sacristán de su padre, Dn. Mariano Serena Lecina.
De izquierda a derecha: Mariano "Borbón", su madre Carmen, su hermano Manolo
y su Padre Mariano. Foto facilitada por Casa Gul.

Dios da y Dios quita. La vida le golpeó duramente mientras realizaba el servicio militar. Se fue a cumplir dos años y medio de mili, con la seguridad de tener a los padres aguardándole en casa. Su padre y su madre fallecieron en ese tiempo. A su regreso, ya no le esperaba el calor de los padres, encontró la casa vacía, fría, y él, de golpe, se hizo mayor.
Mariano "Borbón" junto a su esposa María Samitier.
Foto facilitada por Mariano Serena Samitier

Dios quita y Dios da. El bálsamo para sus pérdidas fue María; dejó su casa en Ubiergo y se vino a vivir con el Siño Mariano, a La Puebla, a ser la compañera siempre fiel y la dueña de Casa Borbón. Pronto nació Marianito y con él, otra vez, el corazón y la casa llena.



Pienso que la esencia del hombre no es lo que piensa ni lo que siente, sino lo que hace. Mariano “Borbón” ha sido un hombre de acción. Desempeño, entre otros, los oficios de aguacil, cartero, sacristán, campanero, enterrador, pregonero, bombero, barman. La vida del pueblo pasaba por sus manos. Los curas, los alcaldes, los secretarios del ayuntamiento, los médicos… iban cambiando, pero Mariano “Borbón”continuaba, siempre ahí, en un segundo plano, pero presente, a veces conciliador y otras defendiendo con firmeza la permanencia del orden y las tradiciones. En cierto sentido su papel ha sido como el de ese otro Borbón, el rey Juan carlos I, figura estable ante la cambiante sociedad española. El Siño Mariano ha sido nuestro “Borbón” en La Puebla.

Mariano "Borbón" en la puerta de su bar,
conocido como "la tasca" o "la cantina";
junto a él esta el niño Jose Pedro Nacenta.
Foto faiciltada por Mariano Serena Samitier.
A finales de la década de los 60 abrió un bar, “la tasca” o "la cantina" como decían los vecinos. La Seña María, excelente cocinera, preparaba comidas, y entre los dos servían al personal. Los mejores berberechos los he comido allí, sus vermuts eran de antología. Recuerdo la cilíndrica y estrecha estufa de leña que instalaban durante el invierno en el salón, parecía cosa de mágica que algo tan pequeño pudiera dar tanto calor. Por nevera utilizaban la bodega, totalmente ecológica, de energía sostenible. Los continuos viajes a la misma los mantenían ágiles y sanos. Para las fiestas acudíamos con el carretillo a cargar cajas de botellines de cerveza, coca cola, kas, para tener en casa con qué agasajar a los familiares y veraneantes que nos visitaban en esas fechas. Luego había que devolver los envases, siempre faltaba alguno.

Llevaba la cartería. Era pues el potador de ilusiones, de esperanzas, a veces también de alguna mala noticia. Tenían un buzón de correos en la puerta de casa. En ese buzón, de niños, aupados por nuestros padres, tirábamos la carta a los Reyes Magos. Mi abuelo, Pedro Suarez, tío del Siño Mariano, era amigo de realizar pedidos de libros por correo contra rembolso y a mí me encantaba acompañarle a recogerlos. “Borbón”,con un trato muy respetuoso a mi abuelo, nos hacía pasar al fondo del salón del bar, descorría una cortina y nos hacia seguirle por un bajadón, un pasillo largo en bajada, que a mí se me antojaba como penetrar en las salas secretas y misteriosas de un castillo. Avanzábamos en fila india, primero “Borbón”, luego mi abuelo y cerrando la comitiva y disfrutando el momento yo, con ojos como platos. Luego entrábamos a un cuarto y allí hacia entrega del paquete. Para mí era todo muy solemne. Mi abuelo lo abría en presencia de “Borbón”, para comprobar que estuviera correcto, de lo contrario el Siño Mariano se encargaba de devolverlo. Mi abuelo pagaba el rembolso y si había vueltas, cosa habitual, le daba algo de propina al Siño Mariano y el resto me tocaba a mí.

María Samitier, esposa de Mariano "Borbón", con el perro "Turco".
Se aprecia el buzón de correos en la puerta.
Foto facilitada por Mariano Serena Samitier.


En su larga vida de monaguillo primero y luego de sacristán, dio servicio a unos 15 curas. Antes de la guerra civil recuerda a Francisco Trell, Manuel Arnal Esforzado y José de Mur, cura que fue de Torreciudad. Después de la guerra destaca, entre otros, a Mosén Franco, luego dos curas vascos que llegaron desterrados “¡qué bien pedricaban!” dice. Continúa la lista, Mosén Félix, Mosén Tomás, Mosén Antonio Olivera, Mosén Jaime Mozas, Mosén Antonio el cura comunista y, finalmente, el actual, Mosén José Mairal.
En Casa Borbón, año 2012.
Detrás: Mariano Serena Samitier, hijo de Mariano "Borbón";
De izquierda a derecha:
Mosén Ángel Noguero, párroco de Benabarre y grupo,
Mosén Luis Lasheras, párroco de Cajigar y grupo,
Mosén José Mairal Villellas, párroco de La Puebla de Castro y
canónigo de la Catedral de Barbastro,
Mariano Serena Garuz "Borbón",
Mosén José Echebarria, párroco de Artasona y Abizanda;
y delante: María Samitier, esposa de Mariano "Borbón"
Autor de la foto: Pedro Bardaji Suarez

Varias generaciones de críos del pueblo, entre los que me encuentro yo, y también mi propio hijo, Pedro David, mientras cumplíamos con la etapa de monaguillos, lo hemos tenido de jefe. Un poco mandón y exigente, como corresponde a todo buen sacristán. Aunque luego solía hacer la vista gorda a nuestras pequeñas fechorías: en cuanto se descuidaba dejando abierto el armario de la sacristía, llegábamos a las formas para consagrar, obleas de pan ácimo, ¡que buenas estaban!, solo cogíamos unas pocas, claro, para que no se notase la falta, o bebíamos un sorbo del vino dulce de misa de la vinajera. Pequeñas travesuras que aprendíamos, por imitación, de los monaguillos mayores, en el momento del relevo generacional.
Mariano "Borbón" con la cesta del brazo, junto a Mosén Antonio Olivera y a los monaguillos.
El sacerdote bendice las casas y los monaguillos recolectan huevos cantando:
"ángeles somos del cielo venimos, cestas traemos y huevos pedimos".

El Siño Mariano disfrutaba de campanero. Los toques, repiques, los impresionantes volteos a brazo, la revisión de los engranajes.“Borbón” mandaba los sonidos de llamada a misa, al rosario, a duelo por la muerte de un vecino, a arrebato por un incendio o suceso alarmante, el alegre anuncio del inicio de fiestas, el toque del perdido… Aún lleva dentro la añoranza por aquellas cuatro magníficas campanas de la torre. Las fundieron en la Plaza Mayor y las subieron con sogas. Santa Orosia, la pequeña, asomaba a la Plaza Mayor, Santa Catalina miraba sobre el antiguo matadero, Santa Bárbara daba directamente al camino de debajo de la torre, y la más grande, tanto que no se podía bandear porque al dar vuelta los cabezales chocaban con los de Santa Bárbara, llamada la del Rosario, ésta miraba hacia casa Romeu. En la guerra civil, las empujaron y lanzaron a debajo de la torre. Inservibles, fueron arrinconadas en la era del Trujano. Terminada la guerra, el nuevo Ayuntamiento decidió venderlas a un chatarrero de Binefar. Hoy, la torre de la iglesia, acoge las campanas de la derruida iglesia de Bulturina.

La Torre.
Autor de la foto:
Pedro Bardaji Suarez
Recuerdo que en mi niñez, durante unos años, convertimos esa torre en nuestro campo de rivalidad. De un lado “Borbón” y de otro, mis amigos y yo. El Siño Mariano se empeñaba en tener siempre cerraba la pequeña puerta, situada junto al antiguo matadero, que daba acceso a la torre desde la calle; nosotros, los críos, desafiábamos esa barrera y entrabamos. La torre, con su infierné y su laberinto era nuestra fortaleza. Una y otra vez tenía que ser reconquistada. Nuestro mayor desafío consistía en burlar las defensas, llegar al campanario, fumarnos un cigarro, dejar allí las colillas como prueba de nuestra osadía, hacer tocar la campana y correr para que “Borbón” no nos pillara. Estuvo a punto muchas veces, pero nunca nos atrapó. Luego cuando nos preguntaba al encontrarnos por la calle, bastaba con decirle… “nosotros no éramos Siño Mariano, serían otros”. ¡Pues claro que él sabía que éramos nosotros! El día que los ladrones entraron a robar la custodia, le confesamos todas las argucias que habíamos utilizado para entrar a la torre a pesar de que él, cada vez con mayores medios, atrancaba y bloqueaba la puerta de acceso. Desde aquel día no volvimos a subir a la torre sin su permiso.


Una muestra de los restos de Labitolosa encontrados por
el grupo "Misión Rescate" formado por chavales de
La Puebla de Castro, capitaneados por Mariano "Borbón".
Autor de la foto: Pedro Bardaji Suarez.
Los momentos de rivalidad por el control de la Torre, se compensaban con otros de complicidad y colaboración. Así, durante los mismos años en que jugábamos al ratón y al gato en la Torre, también compartíamos con él la pasión y el proyecto de preservar los restos hallados en La Peña del Calvario y sacar a la luz a Labitolosa. Mucha ilusión sí, pero, ni él, con todo su reconocimiento, ni nosotros como críos, pudimos movilizar contactos y medios suficientes para promover las excavaciones que posteriormente se han realizado. Enlos años 70, íbamos todas las semanas a la Peña del Calvario a recoger cerámica, piedras talladas… para evitar que se perdieran o que los expoliadores se las llevaran. El Siño Mariano supo estimular nuestra inquietud por la historia y la preservación de estos restos. Todo lo que recogíamos se lo entregábamos a él, que lo depositaba, a modo de espacio museístico, en la sacristía de la iglesia, donde podía ser contemplado por todos.
En el interior del Bar. De izquierda a derecha:
Maria Samitier, esposa de Marino "Borbón",
una niña no identificada
y las vecinas Lola Blanco y su hija Lola Carrera.
Foto facilitada por Mariano Serena Samitier.


Aprovechando el lujo de esta conversación distendida no me resisto a preguntarle al Siño Mariano por tres temas que siempre me han interesado, el retablo de San Román de Castro, la Iglesia de Santa María y La Macaria.


El retablo de San Román de Castro.
Autor de la foto: Rafael Franco Suiles
El Retablo de San Román de Castro pasó sus vicisitudes. Un destacado miembro del Comité Antifascista de la Puebla, mandó el traslado de las tablas desmontadas del retablo de San Román de Castro y del balcón de la Marquesa, desde la ermita de Castro a la Puebla. Les ordenó realizar la faena a, Vicente Ferraz, Garrín, con sus dos mulas y Antonio Mazana, con sus dos burras. El balcón de la Marquesa se dejó en la Abadía y no llegó a salir de la Puebla. Sin embargo, las tablas del retablo de Castro, junto con la plata recogida de la iglesia la Puebla y otros objetos de valor incautados por el Comité a vecinos del pueblo, salieron en Noviembre de 1937 camino de Ginebra. Esto ocurrió cinco meses antes de la entrada de los Nacionales en el Pueblo. Es evidente que pretendían formalizar la venta de los objetos en el extranjero y que el giro del conflicto, con el final de la guerra y la victoria de los Nacionales lo impidió.Lo cierto es que estos bienes, al año y medio de haber salido de la Puebla, ya estaban de vuelta en Zaragoza. Julia de casa Suarez y Asunción, que servían en Zaragoza, en una visita casual a la Lonja, donde se exponían multitud de objetos religiosos expoliados en Aragón durante la guerra y felizmente recuperados, reconocieron, la custodia y tablas del retablo de San Román de Castro. Dieron rápidamente noticia al cura de la Puebla, entonces Mosén Franco. Con el conocimiento del Ayuntamiento y la autorización del Obispado, se desplazaron a Zaragoza el citado cura y el padre de “Borbón”. En esta expedición, que duró 8 días, identificaron, de entre todos los objetos expuestos en la Lonja, los bienes litúrgicos y obras pertenecientes a la Puebla, incluido el retablo de San Román de Castro. Pero, volvamos atrás en la historia para rememorar una acción decisiva. El secretario del Comité Antifascista de la Puebla, Pablo Moreno, de profundas convicciones comunistas, no simpatizaba con los dirigentes del Comité, sufrió incluso amenazas de los mismos. Pablo Moreno y Ramón Guillén de casa Tomasa, amigos los dos del padre de “Borbón”, durante una cena celebrada en casa de Pablo Moreno, actual casa de Trini Mallón, acordaron marcar cada tabla del retablo antes de que abandonara la Puebla. El secretario Pablo Moreno escribió las etiquetas con su máquina de escribir y Ramón Guillén de casa Tomasa, a espaldas del Comité, se encargó de pegarlas en zona disimulada. Esas etiquetas fueron las que impidieron que las tablas se disgregaran durante el viaje de ida y vuelta a Ginebra (Suiza), y las que permitieron su rápida identificación.


Sobre la iglesia de Santa María, “Borbón” me cuenta que allí, en su origen, había un pilón, como en San Gregorio, y sobre él, una Virgen que pertenecía a los de Castro, llamada “Virgen del camino fuero”. Los de Castro bajaban a venerarla como en romería, igual que nosotros hacemos el día de la romería de Castro. Con el tiempo, ese pilón se transformó en una pequeña capilla y luego en una iglesia. La puerta de entrada estaba debajo de la espadaña, pero al ampliar el cementerio se cegó, abriéndose la puerta de entrada actual. El edificio ha ido creciendo e integrando armónicamente sucesivas modificaciones y ampliaciones hasta llegar a la belleza del templo actual.
 
Iglesia de Santa María. Año 2012.
En primer plano la Virgen Milagrosa donada por Dª María Sanz Lecina,
al fondo, en el altar, la nueva Virgen, una Virgen Madre con niño en brazos.
Foto realizada por Pedro Bardaji Suarez
Tradicionalmente el Pueblo celebra misa solemne en esta ermita de Santa María el tercer domingo de Noviembre.


La advocación de la Virgen María que presidía el altar antes de la Guerra Civil era una imagen de Virgen Madre con Hijo en brazos. Durante la Guerra Civil, la imagen fue destruida. Después de la Guerra Civil, en el año 1945 la Señora María Sanz Lecina, de Casa Borbón, tía de Mariano Serena Garuz (“Borbón”), compró en Madrid una imagen de la Virgen Milagrosa y la donó para que sustituyera a aquella Virgen original que era conocida por todos por Virgen Camino Fuero.


Un personaje del pueblo fascinante fue “La Macaria” (Encarnación Celaya), la bruja de La Puebla de Castro. Los de mi generación no llegamos a conocerla, eso sí, hemos oído hablar mucho de ella.
Fuente del Portal de La Puebla de Castro.
La Macaria a la izquierda.
Detrás, la torre con las antiguas campanas.
Foto realizada por: Eugenio Cama. Año 1934
El Siño Mariano me cuenta una graciosa anécdota. Los domingos se hacía una misa muy temprano para que los hombres que iban a “llabrá” y a hacer faenas, pudieran cumplir con el precepto de asistir a misa dominical. Era uno de esos domingos del año 1940, contaba ya“Borbón” 15 años y le toco, por primera vez, subir solo a la torre; se estaba entrenando como ayudante de su padre. Iban a dar las 6 de la mañana, hora de tocar a misa. Se asomó al ventanal de la campana de Santa Bárbara y, desde la altura, descubrió una escalofriante procesión. Cito textualmente sus palabras: “… una procesión con velas de cañas y una muyé vestida de azul con una capa de estrellas y una corona de cartón como un obispo, y 10 ó 12 muyés detrás de ellas. Espantau que estaba, va tocá como va podé las campanas pa la misa y va marchá escopetiau bajan las escaleras de la torre a oscuras. Al entrá en la iglesia le va dí a mi padre, que en paz descanse: “oiga papá, ¿por qué no me avisó que naeba una procesión de brujas?”.Mi padre sen va reí y me va dí: “¡pa que aprendas, así el domingo que viene ya no les tendrás miedo!”; y así va sé, al domingo siguiente ya no les va tené miedo”. Esta procesión era célebre. Al frente la misma iba un hombre llevando una cruz echa de cañas. En los brazos de la cruz dos velas encendidas y una tercera, también encendida, en el mástil de la cruz. Detrás de él, en procesión, en doble fila, un grupo de mujeres y en medio, la reina, La Macaria. La procesión bajaba por el barrio, llegaba a la era Andrés, daba la vuelta por la era Carrasquero, seguía por el camino de la fuente de las cañutas y subía por el camino de las Llecinas. La Macaria decía que cuando muriera volvería de monja, que sería una perfecta monja y directora de monjas. A ella acudían desde los pueblos de alrededor en busca de remedios para los males propios, de cosechas y de animales. Se le atribuye el haber arruinado a varias casas por la sangría de dinero que generaba la dependencia de recurrir continuamente a sus servicios. El médico, Don Pedro Solanilla, Mosén Antonio y “Borbón” la visitaron y asistieron en las horas anteriores a su muerte.



Sin lugar a dudas, la Semana Santa y en especial, la Procesión de Semana Santa ha sido la tradición más querida y mimada por “Borbón”, y la que más le he hecho sufrir. Solo hago que tocarle el tema y empieza a mover la cabeza hacia los lados mirando al suelo, en un intento de contener la emoción.
Procesión del Viernes Santo, año 2011.
La Verónica; detrás, La Siete Palabras.
Autor de la foto: Fernando Martin Bravo

La Semana Santa en La Puebla tenía curiosas particularidades. Como ejemplo, aquella del Jueves Santo de “matar a los judíos”. Se les perseguía hasta la plaza mayor. Los judíos entraban en la iglesia y se cerraban por dentro. El pueblo perseguidor apedreaba y aporreaba la puerta, finalmente entraban y, simulando dar muerte a los judíos, destrozaban a golpes, con piedras e incluso con hachas, los primeros bancos de la iglesia. Impresionaba el ruido y la polvera levantada. Esta práctica fue evolucionando a una más moderada. Los de la iglesia cantaban el miserere (salmos penitenciales), al término, se apagaban todas las velas, solo permanecía encendida la palmatoria del sacristán, el padre de “Borbón”. Con ella entraba en la sacristía, donde aguardaban escondidos los judíos, dejando el templo a oscuras. En ese momento estallaban los aplausos y golpes en los bancos, simulando dar muerte a los judíos. El silencio llegaba cuando el padre de Borbón salía de nuevo de la sacristía, con la palmatoria encendida, y llegaba hasta el medio de la iglesia, llevaba a su espalda, en fila, a los judíos con la cabeza gacha en actitud de arrepentimiento.
Procesión del Viernes Santo, año 2011.
La Crucifixión. Autor de la foto: Fernando Martin Bravo

La Procesión del Viernes Santo, en los años anteriores a la Guerra Civil, seguía este recorrido: salida de la iglesia, Calle Arbellón, Calle General Lacy, subía por el cubierto de Plana, Plaza Mayor, Calle General Valdés, Calle Cerbantes, Calle Mayor y de nuevo Plaza Mayor y entrada en la Iglesia. Es decir, hacía un recorrido por el casco antiguo, sin atravesar ninguno de los portales de entrada al pueblo. Las mujeres del “paso” de “las siete palabras” llevaban túnicas mitad azules y mitad color rosa y faroles de cristal con velas encendidas. También “los siete dolores” portaban faroles de cristal. Estos dos “pasos”, eran representados por mujeres adultas.

En la última Procesión antes de la Guerra Civil, una cuadrilla de mozos aguardaba en el pilá de la Plaza con capazos de piedras, otros esperaban en el portal bajo. Solo salir la Procesión de la iglesia, empezaron a apedrearla. El Siño Mariano, un niño entonces, sufrió impotente el ver a su padre, a la cabeza de la Procesión, apedreado por los matones.La Procesión tuvo que volver a la iglesia y el cura, Mosén Manuel Arnal Esforzado, natural de Abiego, pronunció un sermón que durante años se ha recordado: “…nosotros moriremos pero la religión brotará con más fuerza”. Unos meses después, este cura fue fusilado junto al Obispo de Barbastro.
Procesión del Viernes Santo de 2012. Autor de la foto: Fernando Martín Bravo

Con la llegada del régimen Franquista la Procesión se recuperó.Una cofradía formada por Josefina el Sastre, Josefina Montanuy, Purita Cirilo y la juventud de chicas de esa edad, comenzaron a elaborar trajes para los “pasos” vivientes. La señora de casa Cristé, guardaba, de la antigua procesión (de antes de la guerra), dos túnicas moradas de encapuchadas, que sirvieron de modelo para hacer cuatro nuevas. Este“paso” de las encapuchadas iba detrás del sepulcro y arrastraban cadenas en los pies. Estando de párroco Mosén Antonio se compró el Santo Cristo, y el sepulcro, este último a una cofradía que se deshizo. Las dos piezas costaron 6.000 pesetas. Parte del dinero se recogió gracias a una obra de teatro en la que trabajaban, entre otros, Manolón de Pastoré, Román de Giral, Josefina el Sastre y nuestro Mariano “Borbón”.

Tras finalizar la Procesión del Viernes Santo. del año 2011.
En la foto: el Sr. Mariano Serena Garuz "Borbón"
y su mujer Dª Maria; de pie, Pedro Bardaji.
Autor de la foto: Miryam Miguelez Fernandez
En la Procesión de pasos vivientes del Viernes Santo, cada uno ocupa un lugar y hay un lugar para cada uno al que se accede por sexo o edad. Hay papeles para los tímidos y también para los que quieren lucirse, para los fuertes y para los débiles y para los dolientes… El personaje más representativo, “el de la caña”, cumple el moderno precepto de igualdad de género, pueden llevarlo adultos hombres o mujeres. A medida que avanzamos cumpliendo etapas de nuestra vida, vamos también recorriendo los distintos pasos de la Procesión. La vida pasa por la Procesión. En ella nos encontramos y nos recocemos como miembros la misma comunidad, incluso con nuestras contradicciones. A “Borbón” le debemos el haber velado y peleado por mantener, año tras año, esta representativa tradición.


Quiero terminar estas notas, describiendo dos imágenes que muchos compartirán conmigo.

La primera, como actor protagonista de la primera película grabada en La Puebla. La rodó el inquieto Eugenio de Casa Nasarre. “Borbón” aparece en escena con la manguera municipal regando la Plaza, unas mujeres se apartan para no ser mojadas. Pincelons llega con una escalera. De fondo, como banda sonora, la canción de Sacha Distel “Incendio en Río”: “¿…la manguera donde está, donde está la escalera….?”

La segunda, la subasta de San Antonio, en la puerta de casa el Redondo, el pueblo entero expectante en el Portal, es medio día pasado, “Borbón” se gira hacia el patio del Redondo, revisa el material que el día anterior recogió de las casas en compañía de los monaguillos, las donaciones vecinales para la subasta. Ya decidido, agarra unos productos, se los enseña Gregorio Bardaji, mi padre, que ejerce de secretario de la subasta, se vuelve hacia el público levantando el lote de productos y desafiando al público exclama ¡¿Cuánto vale?!

Los recuerdos del Siño Mariano se entremezclan con los míos. Lo mismo le ocurrirá a todo puéblense que lea esta líneas. Es inevitable. “Borbón” representa, en La Puebla de Castro, el referente con el que, de una u otra manera, hemos conformado nuestra identidad.


Dn. Mariano Serena Garuz, para todos, para siempre, “Borbón”.


Mariano "Borbón" animando las Fiestas,
sobre una caballería, con sombrero de copa y bebiendo en porrón.






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