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TORRECIUDAD: LA VIDA COTIDIANA EN LOS DOS ÚLTIMOS SIGLOS.

TORRECIUDAD: LA VIDA COTIDIANA EN LOS DOS ÚLTIMOS SIGLOS. IMÁGENES SEPIA DE UN LUGAR SOLITARIO.




Autor del artículo: Antonio Torres Rausa

Publicado en el diario del AltoAragón del día 6 de Junio de 1999





EL Santuario de Torreciudad está asomado en una vertical sobre el Cinca, pocos kilóme­tros antes de que el río se torne apacible y ancho, ya a lomos del Somontano. Su entorno es angosto y pobre, aunque pro­duce una sensación de grandiosidad y fuerza, como sus profundos barrancos y las peñascosas puntas de sus cumbres. Era, y es, tierra de cristianos. Para eso se apareció la Virgen.

Vista aérea de torreciudad. Foto publicada en: http://www.torreciudad.org

En el siglo XI era la raya que separaba el mundo cristiano, austero y fuerte del Sobrarbe, del árabe de Barbastro, más rico y acomodado. Tal como el río. Su importancia estratégica viene implícita en el nombre de Torre con reminiscencias de ciu­dad.
 
Fachada de la antigua Casa Santuario de Torreciudad. Foto realizada entre los años 1950-60 y publicada en el Blog Secretos de Torreciudad de José Alfonso Arregui:  http://secretosdetorreciudad.wordpress.com

Tendría yo doce años, cuando allá por los años 1955-56 pasé una noche en Torreciudad. Fue exactamente el 26 de diciembre, cuando Mosén Antonio Olivera Labazuy, el Cura de La Puebla de Castro, nos invitó a un pequeño grupo de privilegiados estudiantes a pasar día y medio en lo que es hoy el pri­mitivo Santuario, entonces un viejo case­rón. Llegamos por la tarde, a buena hora, y allí nos esperaba la ermitaña Dolores que sólo llegar nos hizo pasar a la cocina, donde, de rodillas, lavó los pies de Mosén Antonio Olivera, en una estampa que a mí me recordó a la Magdalena. 
 
Interior del patio de la antigua Casa Santuario de Torreciudad. Autor de la foto: Pedro Bardaji Suarez.
 
Al atardecer, a eso de las cinco, empezó a subir del rio una boira algodonosa y fría que sumergió al Santuario en un mar de misterio y silencio. El imperceptible murmullo del río dejó de oírse y allá arriba, los picachos de las cumbres fueron cubriéndose de esa apretada niebla que se deshilachaba entre las carrascas, sabi­nas y pinos que pueblan la escasa tierra. Rezamos el rosario en la iglesia, muy cerca de la Virgen, y tras cantar la Salve, al rápido ritmo que nos imponía el acu­ciante frío, nos dirigimos a la cocina, donde nos acomodamos en las paralelas cadieras, junto al embravecido fuego que había preparado la ermitaña. Sobre el banco que estaba a la derecha, había un pequeño ventanuco, de no más de tres palmos, que se abría de vez en cuan­do, cual arca de Noé, para saber cómo seguía el tiempo.


Mosén Antonio Olivera Labazuy, camino de Torreciudad. Autor de la foto: Antonio Pascual Labarta.

La situación del Santuario era solita­ria y sólo se relacionaba con el exterior a través de dos caminos imaginarios. La via principal pasaba por La Puebla de Castro, Ubiergo y Bolturina, y tras coger un camino a la izquierda, desembocaba en un pequeño altiplano, detrás de las Serrafinas, que por estar muy bien pro­tegido y a un tiro del Santuario, se apro­vechaba habitualmente por los romeros para almorzar. Hoy, en este lugar, hay un pequeño campo de fútbol. Desde aquí, ya se divisaba, a lo hondo, el viejo Santuario, con su amplia techumbre color tierra, que contrastaba con el blan­co torreón medieval y la serpenteante cinta azul del río. Al fondo a la derecha, la Peña Montañesa con su cachirulo blanco de nieve.

Antiguo Santuario de Torreciudad y torre de señales, vistas desde el camio de La Puebla de Castro una vez pasadas las Serrafinas. Autor de la foto: Pedro Bardaji Suarez.

La otra vía de acceso al Santuario, todavía era más virtual. Yo, cuando era niño, observaba a los que se aproxima­ban de la parte de El Grado y Artasona, como hormigas que bordeaban el acan­tilado en dirección contraria al río. Cuando finalmente aparecían ante la puerta, los veía grandes como héroes. Siempre soñé con encontrar un día esa senda misteriosa y prohibida, pero a lo que me di cuenta, ya habían hecho los del Opus la carretera de acceso actual al Santuario, que hoy es la más conocida, aunque sigo pensando que es más pin­toresca la que viene de La Puebla.

Antiguo Santuario de Torreciudad. A sus pies, el rio Cinca antes de la construcción del pantano y presa del Grado. Foto publicada en el Blog Secretos de Torreciudad de José Alfonso Arregui:  http://secretosdetorreciudad.wordpress.com

En los domingos del mes de agosto y septiembre, afluían en peregrinación los distintos pueblos de la comarca, y aun de más lejos. Recuerdo que cuando les tocaba el tumo a los de La Albelda, se organizaba mucho follón y gentío. Siempre celebraba la misa Mosén Anto­nio Olivera (q.e.p.d.), que la cantaba muy solemnemente, aunque con una voz algo tocada por el "caldo de gallina", que era el tabaco que entonces fumaban los más pudientes. A continuación, por pueblos y familias, se buscaba un palmo de tierra y sombra donde comer, que no era otro que a los pies del castillo, en el camino junto al brocal de un pozo habi­tualmente sin agua.

Vecinos de La Puebla de Castro en romería a la Virgen de Torreciudad. Año 1960. Autor de la foto: Antonio Pascual Labarta.

En el interior del Santuario, una vez traspasado el amplio comedor de largas mesas, al fondo estaba el pequeño comedor del Prior, donde comía Mosén Antonio y sus invitados. A los postres y al café, frecuentemente eran invitadas otras personas de alguna sig­nificación, por lo que todo aquél que se consideraba importante debía estar atento al posible emisario. Si esto no ocurría, debía hacer examen de con­ciencia, pues, probablemente, no estaba en gracia del señor cura.

Entrada al antiguo comedor del Prior en la Casa Santuario de Torreciudad. Autor de la foto: Pedro Bardaji Suarez.

Cuando pasaba la época de las romerías, el Santuario se quedaba solo y aislado, sin que se oyera otro ruido que algún disparo de escopeta de cazadores de Bolturina o La Puebla de Castro. Por esta razón, nos explicaba Mosén Antonio, en las épocas que había Prior, se subía éste a pasar el invierno a Bolturina, dis­tante no mucho más de media hora a paso de buen andador y agazapado detrás de la peña de las Serrafinas. Pero aun siendo esto tan lógico y natural, era precisa la autorización expresa del Obis­po. Así, nos encontramos con un docu­mento que dice: 
Con fecha 21 de noviembre de 1868 se concedió permi­so al Prior del Santuario de Torre-Ciu­dad, don Narciso Muzás, para que pue­da residir en Bolturina durante la época de invierno”.
La Virgen de Torreciudad en su emplazamiento original, en el camarín de la vieja ermita, la antigua Casa Santuario. Foto publicada en el Blog Secretos de Torreciudad de José Alfonso Arregui:  http://secretosdetorreciudad.wordpress.com

Bolturina tenía entonces siete u ocho casas, pero en siglos pasados pudo tener más población y era la cabecera del Priorato de Torreciudad. Hoy es un campo de matorrales, donde, para mayor vergüenza, sólo quedan las cua­tro paredes de la iglesia y la torre, como pastor que ha perdido a sus ovejas. No sé si se ha hecho justicia con este pueblo al que tanto debe Torreciudad. Bolturi­na tenía la fuente y sus campos de cereal en la Ribagorza; y la espalda y los oliva­res, en el Sobrarbe. Por eso. Torreciu­dad es síntesis del Sobrarbe y la Riba­gorza.

Peregrinación desde Bolturina a Torreciudad con la Virgen. Año 1962. Autor de la foto: Antonio Pascual Labarta.

Aparte de estas ausencias interinas, hubo años en los que el Santuario careció de Prior residente. Hasta tal punto había que sacrificarse por mantener este viejo caserón, que Mosén Rafael Castán, en carta sellada en la Parroquial de Palo, capital de La Fueva, el 2 de noviembre de 1882, ruega a la bondad del Obispo le releve de sus obligaciones de asistir a las necesidades del Santuario 
"... ya que tengo que andar día y noche para cumplir las cargas que V.E. ha tenido a bien confiarme".
Asesinado en 1936 el último Prior de Torreciudad, D. José Muzás, que era hijo de Casa Pascual de Secastilla, el Santuario dependió jurisdiccionalmen­te del Cura de La Puebla de Castro. Mosén Anto­nio Olivera Labazuy fue el que más años lo regen­tó y con aquel aspecto de cura preconciliar, dominante y campechano que lo caracterizaba, se autotitulaba con cierta socarronería "Obispo de Torreciu­dad".

Foto en Torreciudad. En el centro, Mosén Antonio Olivera Labazuy; a su izquierda, Zacarias Redondo; a la derecha del Mosén, en alto, Antonio Pascual Labarta; le siguen, Francisco Vidal y Antonio el maestro de Secastilla. Foto facilitada por Nieves Vidaller de Casa del Molinero.

Volviendo a aquella noche del 26 de diciembre, Mosén Antonio nos contó una historia que de momento me pareció insignificante, pero que la voy a referir pues, curiosa­mente y después de muchos años, la he encontrado en el Archivo Diocesano de Barbastro, en una carta que Mosén Del­fín Llanas, Arcipreste de Artasona, escribe al Obispo el 26 de noviembre de 1882, y que dice:
 “Cuando salíamos de paseo esta mañana, hemos encontrado a José Lanzón, ermitaño de Nuestra Señora de Torre-Ciudad, que venía a darme parte de lo ocurrido en esta noche en dicho Santuario... A alta hora de la noche comenzaron a llamar a gran­des voces y golpes tres desconocidos, de los cuales, el uno de ellos vestía capa o ropón, o manteo, y parecía un Padre o clérigo; el otro portaba color azul y blan­co, sin poder precisar su traje; que, can­sados de llamar, hicieron una gran hoguera en los cubiertos, debajo de la galería, y que al rayar el alba, nuestro buen Lanzón ha disparado cinco tiros al aire, marchándose luego los presuntos malhechores. Le he preguntado si le habían dirigido insultos o amenazas por no querer abrir, o si habían causado algún desperfecto en la Casa, y me ha dicho que no. El se encuentra despavo­rido y medroso, creyéndose víctima de algún otro atentado de más fatales consecuencias. He procurado tranquilizarlo y le he aconsejado el dar conocimien­to de lo ocurrido a la autoridad local para que tome el correctivo necesario, a fin de evitar su reproducción”.
Fachada de la antigua Casa Santuario de Torreciudad. Autor de la foto: Pedro Bardaji Suarez.

El hecho no volvió a repetirse ni tuvo consecuencias. ¿Qué pretendían estos presuntos delincuentes? ¿Acaso no eran tales y buscaban algún tipo de refu­gio? ¿Se trataba de una fallida reunión política? Sea lo que fuere, aquella noche, al menos yo, no pegué ojo, pues desde mi habitación, que daba a la galería, se vol­vieron a oír llamadas en el viejo portón. Por la mañana, cuando bajamos a la iglesia, nos dimos cuenta de que alguien había dejado abierta la puerta que había sido zarandeada por el viento.

Baldosín sobre la fachada de la antigua Casa Santuario de Torreciudad.

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