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EL SEÑOR PEDRO EL CARBONERO

EL SEÑOR PEDRO EL CARBONERO y JOSERÉ DE MIRANDA
LA PUEBLA DE CASTRO EN LA DÉCADA DE LOS 40




Autor del artículo: Antonio Torres Rausa

(Publicado en el Diario del AltoAragón el Domingo 6 de Octubre del año 2002)





Cuando Joseré de Miranda, con poco más de 13 años, se enteró que dejaba la escuela y que se iba al “Món” a carrear el carbón del señó Pedro, se llevó una gran alegría. Como tantos otros niños de La Puebla, había jugado en las “Covetas” a carbonero, pero nunca había visto una carbonera, salvo en la enciclopedia “Alvarez”. Las carboneras se levantaban en el Món, la lejana montaña azulada que está al otro lado del Esera, en el antiguo camino de Aguinaliu, tierra de águilas, dinosaurios y valladares calizos cortados con cuchillo.

El Señor Pedro el Carbonero (Pedro Rodriguez), de origen Valenciano, ya jubilado, visitando el Mon.
Autor de la foto: Pedro Bardaji
En uno de estos valladares, se encuentra el “Forau de Caballera”, la misteriosa cueva que aprendimos a  divisar desde las eras del pueblo, y que era el rito iniciático en los misterios del lugar. Ver desde La Puebla, la redonda mancha obscura sobre el blanco acantilado, situado a más de dos horas largas de camino, era adentrarse en las viejas leyendas de los moros que la habitaron, de los maquis que la merodearon, ó soñar con sus secretos pasadizos que, según se decía, sólo una zorra logró recorrerlos saliendo, al fin, por Estadilla.

El primer día que Joseré se fue al Món para concretar con el seño Pedro, se acercó sigiloso y con mucho respeto y dificultad se aproximó a la cueva.  Le pareció mucho más grande que misteriosa. Entonces se acordó que su tío José había pasado allí dos noches cuando, próximo a terminar la guerra civil, se escapó de Barbastro y se escondió en ese lugar hasta la entrada de los nacionales en el pueblo: “- José, ¡Viva España!, que los nacionales ya han entrado en La Puebla -“, le gritó desde las proximidades de la gruta, José el del Aguacil.

Con más facilidad encontró al seño Pedro Rodriquez, el carbonero. En una amplia faja donde terminaba un bosque de pinos y carrascas, entre ramicas de boj chamuscadas y brillantes como luceros, estaba la carbonera, humeante todavía por la parte inferior, cerca del suelo. Era como una caseta redonda que se iba estrechando hacia arriba pero con la chimenea invertida y tuerta. Ante la sorpresa de Joseré, el seño Pedro que no era un carbonero malo y huraño como en los cuentos, sino muy afable y comunicativo, dentro de un cierto aire magistral y de superioridad,  le explicó rápidamente:

- “Mira mocé, ves que el humo sale por los respiraderos que están cerca del suelo, pues eso significa que la próxima semana ya puedes traer las mulas ya que el carbón está a punto.” Y prosiguió:


Foto de Eugenio Monesma publicada en el libro
Labores Tradicionales de Aragón publicado por la DGA

- “Como ves, una carbonera es un montón de leña, dispuesta en capas y cubierta de tierra.  Su altura es de aproximadamente dos metros y medio y está formada por tres pisos de leños, dispuestos en posición vertical alrededor de unas estacas que hacen de chimenea. Se principia encendiendo en la chimenea un fuego con ramaje y se mantiene un par de horas, transcurridas las cuales, el fuego se propaga a los troncos próximos a la chimenea; entonces se tapa ésta y se practican a cierta distancia unas aberturas laterales que se llaman vientos. Abriendo y cerrando nuevos vientos hasta llegar al suelo, se consigue quemar toda la leña y siempre de arriba abajo y desde el centro  hacia fuera. Porque eso es lo que es el carbón, madera medio quemada.”


Por el gesto y tono de la voz, el seño Pedro parecía haber concluido, por lo que Joseré, que estaba extasiado en la explicación, se atrevió a preguntarle:

-“¿Y como sabe el momento de tapar unos agujeros y abrir otros?

Entonces, el seño Pedro, halagado a seguir en un discurso que nunca se había permitido hacer tan largo, le dijo con voz sentenciosa:

-“Al igual que el herrero, por el chasquido del agua al contacto con el rusiente hierro, sabe cuando el temple es perfecto, un buen carbonero debe saber  por el color del humo, cuando hay que cerrar y abrir nuevos agujeros.”

Imagen tomada de la Guia
del Campo de Cariñena
Ahora entendía Joseré porque el seño Pedro tenía la cabaña y el camastro tan cerca de la carbonera. Era como asistir a un largo y difícil parto que podía durar quince días, ó más si llovía, pues la tierra quedaba más compactada impidiendo la respiración. A mayor duración, la calidad del carbón era superior.

Ante la brillante mirada de Joseré y a modo de contener su entusiasmo, el seño Pedro continuó:
-“Este oficio es el más sacrificado del mundo, pues verás:  La leña hay que cortarla en invierno, para que esté bien seca, hay que traerla, prepararla adecuadamente, quemarla y, si todo va bien, acarrear el carbón hasta La Puebla, cosa que harás tú, a razón de siete duros por viaje, con las dos mulas. Esto es lo acordado con tu padre y podrás hacer, como mucho, cuatro viajes diarios.”

Joseré, que acababa de salir de la escuela y sabía multiplicar, le pareció una fortuna un jornal de 28 duros,  que ni en la Hidro Nitro se lo sacaban, hombres de pluma, horario fijo y moto Guzzi

Cuando a la semana siguiente empezó a acarrear en sacos de 60 Kgs. el carbón, cogió un trozo y se lo guardó como su fuera un tesoro. Era de color negro azulado y todavía conservaba la forma del leño. Lo había visto arder en la fragua de su tío José el herrero, sin humo y sin llama, produciendo tanto calor que derretía el mismo hierro. ¡Qué importante carga llevaban sus mulas y qué buen comienzo de vida laboral! Su entusiasmo fue tal que en lugar de cuatro viajes, hizo cinco. Nadie lo había conseguido antes.

Su padre, Ramón de Miranda, en el café de "El Ros", entre petaca y cigarro de cuarterón, bien podia presumir de hijo trabajador y de provecho.







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