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EN MEMORIA DE ROMÁN CARRERA GIMÉNEZ

Román Carrera Giménez
ROMÁN CARRERA GIMENEZ, UN HOMBRE BUENO APASIONADO DE LA PUEBLA DE CASTRO

El 5 de febrero de 2007, falleció cristianamente en Monzón, Román Carrera Giménez, un hombre bueno, honesto y sencillo, amante excepcional de su patria chica, querido, respetado y admirado entre sus paisanos. Un labrador ilustrado.

Autor del artículo: Manuel Clemente Cera.
Publicado en el Libro, del mismo autor: “Reflexiones, vivencias y recuerdos de un médico contemporáneo”, La Busca edicions, 2010, ISBN: 978-84-96987-56-2; y  también en el “Libré de las Fiestas” de La Puebla de Castro del 2007.


Desde tiempo inmemorial, existe una tendencia general en nuestra sociedad a publicar en los rotativos más importantes, apologéticas necrológicas, cuando fallecen las celebridades más relevantes de este fugaz mundo terrenal.

Científicos eminentes, escritores notorios, junto a los denominados famosos por el gran público, auspiciados por los medios de comunicación de masas –la mayoría sin méritos suficientes-, cuya popularidad es meramente efímera. Son muy escasos los que la Historia valora y reconoce para la posteridad.

Numerosos seres humanos sencillos y modestos plenos de virtudes, transitan temporalmente por la tierra haciendo el bien, pasando inadvertidos para sus semejantes. Verdaderas vidas ejemplares que quedan en el más absurdo anonimato, sin ser dignos de mención, recuerdo e imitación, especialmente por quienes compartieron sus hazañas e inquietudes en la misma área geográfica del infravalorado ámbito rural. Lugares privilegiados de la naturaleza –tantas veces denostados por la ignorancia de los presuntuosos-, a los que recurre periódicamente nuestra neo sociedad urbana en búsqueda de paz y tranquilidad, huyendo de la ansiedad y agobio cosmopolita. Aquí se conoce y valora más al ser humano, por el contacto diario con sus congéneres, estableciéndose relaciones amistosas típicamente familiares.

El 5 de febrero de 2007, falleció cristianamente en Monzón, Román Carrera Giménez, un hombre bueno, honesto y sencillo, amante excepcional de su patria chica, querido, respetado y admirado entre sus paisanos.

Por sus inquietudes y aficiones literarias, además de un inusual dominio del leguaje ribagorzano, podríamos considerarle un labrador ilustrado.

Cada año no faltaban sus esperados escritos en el Libro de la Fiesta, siempre interesantes y aleccionantes. Dotado de una privilegiada memoria recordaba puntualmente las costumbres ancestrales, género de vida, actividades y personalidades de la Villa. Sus trabajos interesantes, deberían recopilarse como datos históricos para el futuro.

Es una verdadera lástima que desde la fundación de La Puebla como extensión de Castro, exista tan escasa bibliografía que proporcione más conocimientos sobre nuestros antepasados. Presuntamente, por desinterés de los letrados de cada época absortos en otros menesteres. Por ello, recomendamos a la juventud estudiosa contemporánea se esfuercen en la lectura y la investigación sobre tan bello rincón ribagorzano del que somos descendientes por vía materna.
Román Carrera, nació en La Puebla de Castro el día 29 de noviembre de 1917. Pasó su infancia y adolescencia en la casa natal de sus padres, modestos labriegos, Román y Esperanza, víctimas del injusto minifundio de la época.

En la Escuela fue un alumno aprovechado. Tuvo en la etapa escolar los maestros Don Llox, Don Henal y por último Don Jesús.

Persona de firmes convicciones religiosas fue un experto monaguillo desde los cinco años, primero con el canónigo Francisco Trell Labrid y posteriormente, con el nuevo párroco Mosén Manuel Arnal Esforzado que tomó posesión de la titularidad de la Parroquia el 31 de mayo de 1927.

Trabajó como mozo de labranza en su primera juventud en las casas de Randé y de Trell. Por ser ésta última la casa paterna de mi abuela Adelina, le conocí allí cuando tendría unos seis años. Recuerdo que conversaba conmigo y me contaba muchas cosas. Posteriormente trabajó para la Confederación en la plantación de pinos en la Sierra conocida por el Mon. Pasó después a trabajar en el Canal y a continuación en la Central de San José con la Hidronitro Española. Contribuyó con su modesto esfuerzo en la construcción de la Presa del grandioso pantano de El Grado. Finalmente, antes de su jubilación trabajó para la empresa constructora Solana en la edificación del nuevo Ayuntamiento.

Román perteneció a la generación que les sorprendió la Guerra Civil en edad militar. Recluta correspondiente a la quinta del 38, fue movilizado prematuramente como a los de su edad, permaneciendo en Galicia, Vascongadas y en el frente de batalla. Cinco meses después del término del conflicto bélico español, el 1 de septiembre de 1939, el Ejercito Alemán invade Polonia, estallando la Segunda Guerra Mundial.

Una conflagración dantesca de grandes repercusiones internacionales, precisó que España tuviera movilizadas varias quintas durante largo periodo, ante la eventualidad de acciones militares al encontrarse geográficamente entre los dos contendientes. Esta coyuntura representó para la juventud un servicio militar de seis años de duración y para España un paréntesis económico negativo.

Como hemos dicho al principio, Román fue un ferviente católico. Llegó a cantar en el Coro de la Iglesia junto a la potente voz de barítono de José Suils de casa de Collada. Entusiasta de la Procesión de Semana Santa llevó desde mozo siempre la Cruz a cuestas. Después de la guerra fue el verdadero impulsor y promotor de recuperar esta solemnidad religiosa, junto a otras personas del pueblo, conservándose actualmente con el ceremonial y fervor tradicional.

Fray Antonio de Guevara nacido en 1480, contemporáneo de los Reyes Católicos, defiende la sencillez y la virtud de los campesinos en su célebre obra “Menosprecio de Corte y Alabanza de Aldea”. El gran apologista y filósofo español Jaime Blames sostiene: “Un sencillo labrador, un modesto artesano, que conoce bien los objetos de su profesión, piensan y hablan mejor sobre ellos que un presuntuoso filósofo, que en encumbrados conceptos y altisonantes palabras quieren darles lecciones sobre lo que no entienden”.

Rindamos un cálido y merecido homenaje a un hombre bueno, patriota aragonés y puéblense ejemplar que amó a su tierra y paisanos hasta el paroxismo.

EN MEMORIA DE ROMÁN CARRERA GIMÉNEZ DE LA PUEBLA DE CASTRO

EN MEMORIA DE ROMÁN CARRERA GIMÉNEZ  DE LA PUEBLA DE CASTRO
Autor del artículo: Antonio Martínez. Periodista.
Publicado en el "Libré de las Fiestas" de La Puebla de Castro del 2007.


         Todavía no han pasado muchos días desde la muerte de Román Carrera, sí, el de casa Román de Giral. Aquel hombre que nació en toda la plenitud de la Ribagorza y de su naturaleza; rodeado de montañas y recibiendo los resplandores de las nieves de la diosa Pyrene. En esos entornos precisamente, de pasos, de caminos y de cruces de civilizaciones, y también de religiones, en la lenta andadura de los tiempos, se ha configurado, como gota a gota, esa tierra con una profunda y peculiar esencia histórica.

     Todos estos elementos, adquiridos en las vivencias diarias y experimentadas en el ambiente de ese predio de la Ribagorza, también forjaron al sencillo pero sabio Román al que le dejó huella Gabriel y Galán; y no menos García Lorca. Y es que el contacto con la luz y la madre ribagorzana lo curtieron trasmitiéndole la magia del lugar.
     En la andadura de su vida, ya desde los tiempos de monaguillo, le ayudó y le hizo trasfusión de sapiencia con espíritu de Quijote un gran maestro. Sentados frente a frete, en las primeras horas de una mañana otoñal por más señas, lo recordaba; y aún oía sus palabras… lejanas en el tiempo, que se le metían en sus adentros con más profundidad como si resonaran entre las paredes de los carasoles y los tabiques de la vieja pero querida escuela. Don Jesús Latorre que así se llamó aquel maestro que le dejó el amor a los libros y también le metió dentro el amor al hombre, al cielo, al aire y a su tierra que era la parcela en la que le tocaba vivir. Me decía que lo recordaba cuando subió al coche en su despedida del pueblo.
     Aquellos ojos, ya encogidos y humedecidos por el paso de los años y de tantas luces y sombras, que se ayudaban de unas lentes, no habían perdido su vista rápida como el rayo en medio de la tormenta de la noche, y desde su acostumbrada atalaya, cerca de su casa, a las afuera de Monzón, junto a la fuente del Saso, buscaba la orientación, en el norte, de La Puebla de Castro.
     Me decía de las campanas del viejo campanario, de su iglesia, de cuando fue sacristán, de las calles, de la plaza, de los juegos, de los amigos, de la primavera y también volvía siempre a las nieves del invierno, pero es que en Teruel, cuando la Guerra Civil lo pasó mal.
     De vuelta a su casa se sentaba en su camilla para reposar el cuerpo y el alma, meditando lo que más tarde plasmaría lentamente en el papel para, en la fiesta, contárselo, en la Plaza Mayor, a sus gentes. Les recordaba muchos pasajes de sus vidas y de personajes que fueron míticos ya desaparecidos. En definitiva, de aquellos lugares que para él y para sus gentes siguen siendo mágicos. Con ello les animaba a seguir más arraigados en sus parcelas o en sus predios, y él, Román de casa Giral se sentía feliz haciendo felices a los demás. Era sencillamente lo suyo.
     Al finalizar la misa de su funeral, resonaban entre las bóvedas y muros de la vieja Catedral románica de Santa María de Monzón, y entre el silencio de su familiares (su mujer Dolores, y sus hijos Loli y Román), y amigos, las palabras del sacerdote que acompañaban el ritual del agua bendita y el incienso recordando su injerto en el Bautismo, y que aquel cuerpo, ya con los ojos cerrados y fríos, el de Román, había sido tempo del Espíritu Santo.
     Pienso que también Román había sido templo de humildad, de sabiduría, de mansedumbre, de amor: un buen hombre que anduvo con el paso corto pero que ha dejado profunda huella. Un gran soñador que soñó y amó la vida; sus entornos de siempre con su gran corazón mirando a la Ribagorza y a su “Árbol de la Plaza” de La Puebla de Castro.
     El Nobel Tagore dijo: “A mis amados les dejo las cosas pequeñas; las cosas grandes son para todos”, y “Dios ama la luz de las lamparitas de los hombres más que sus grandes estrellas”.





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