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Castro en la Edad Media -5- JAIME I EL CONQUISTADOR Y CASTRO

CASTRO EN LA EDAD MEDIA

5- JAIME I EL CONQUISTADOR Y CASTRO
Autor: Antonio Torres Rausa


          Visto lo que es hoy Castro, lugar apacible y callado entre romero oloroso y piedras olvidadas, parece imposible que a mediados del S. XIII ocupase la atención y el deseo del Rey Jaime I el Conquistador, de manera que fue unos de los castillos que revertieron a la corona, y lo que es más importante, diese nombre al linaje que nacería de su propia y juvenil sangre al haber escogido precisamente Castro como feudo que, con el título de Baronía, iba a regalar a su hijo natural Ferrán Sánchez, el hijo de los pecados de su juventud y penitencia y cilicio de sus últimos días. Pero de esto hablaremos en el próximo capítulo.

          El Rey don Jaime nació en 1207, y sabemos por historiadores contemporáneos suyos, como Desclot ó Muntaner, que era persona de trato agradable y de temperamento ardiente, apasionado y varonil. En cuanto a su aspecto externo, dice Desclot en el año 1300, que “este Rey de Aragón Jaime fue el más bello del mundo: sobrepasaba un palmo a cualquier otro hombre, cara grande y rubia, nariz larga, boca bien hecha, dientes grandes y muy blancos que parecían perlas, ojos negros, grandes espaldas, delgado pero con recios brazos y bellas manos, piernas largas...” Otro historiador posterior, Bernat Boadas, decía en 1420 que “fue muy belicoso y guerreador... sabiendo manejar admirablemente todas las armas, así como la palabra y las Sagradas Escrituras”. Pero los tres cronistas coincidían, también, en que, al igual que su padre Pedro el Católico, fue un hombre mujeriego: “no tenía en toda la cristiandad otro que lo igualase, y era tan gentil y hermoso de aspecto, que todas las damas giraban sus ojos al verle, de manera que no tenía trabajo alguno para escoger entre ellas.

          Este era el padre de Ferrán Sánchez, y es de suponer que la madre, Blanca de Antillón, debía ser un monumento de mujer,  para haberse fijado en ella quien tantas facilidades tenía para la conquista de mujeres, que lo de Conquistador parece que también le viene de esto. El hijo de ambos, Ferrán, aunque bastardo, predilecto del Rey durante muchos años, madera de tal astilla. Baste, por el momento, esta tarjeta de presentación de la familia y del que fue el primer Barón de Castro e iniciador de este noble y real apellido, uno de los cinco más importantes de Aragón.

          Pero teniéndolo todo, nunca fue fácil la vida del Conquistador, máxime teniendo que reinar siendo un joven de catorce años y ante una nobleza altiva que ni siquiera su bisabuelo, el Rey Ramiro II el Monge, logró domeñar pese al célebre campanazo que se le ocurrió dar en Huesca.

          Seguían divididos en bandos irreconciliables los ricos hombres de Aragón y parte de la nobleza de Cataluña. La muerte de don Pedro de Ahones, señor de Bolea y Sobrarbe, muerte en la que participó muy directamente, aunque noble y caballerosamente, el propio Rey clarificó los posicionamientos de cada cual. De una parte, su tío el infante don Hernando, que por lo que parece, no se conformaba con ser Abad de Montearagón, se unió con Guillén de Moncada, Pedro Cornel y, por supuesto, con el Obispo de Zaragoza que era hermano del difunto Pedro Ahones. Por el Rey, estaban el vizconde de Cardona, Nuño Sánchez, Blasco de Aragón, Artal de Luna, Atho de Foces y Rodrigo de Lizana. Esta gresca se producía en el año 1225 y en Cuaresma, para ser exactos, porque el propio Obispo de Zaragoza absolvía y daba todo tipo de bulas y de indulgencias para que pudiesen comer carne todos aquellos que luchaban contra el Rey.

          Dice Zurita que “estaba todo el reino por este tiempo con tanta turbación y escándalo que no había más justicia en él de cuanto prevalecían las armas, siguiendo unos la parte del Rey y otros la del infante don Hernando, que se favorecía de las ciudades de Zaragoza, Huesca y Jaca.


Retrato de Jaime I. Pintado por Manuel Aguirre y Monsalbe

          Transcurría el invierno de 1226, cuando el Rey sólo contaba con 17 años, y por lo que conocemos,  algún respiro se tomó el Rey en esta guerra, pues nos lo encontramos monteando por tierras de Huesca, Pomar y Las Cellas.... ¿conoció entonces a Blanca de Antillón? Pero no seamos tan curiosos, aquí bástenos saber que Castro era unos de los castillos destacados en la lucha contra el Rey y que seguía el bando del infante don Hernando,  como no podía ser de otra forma ya que el castillo pertenecía a don Guillén de Moncada, Bizconde de Bearn y principal aliado del Infante. Tenía en Castro como Alcaide a don Pedro de Sesé.

          Ricardo del Arco refiere en su Catálogo Monumental de España que “cuando Guillén de Moncada se unió al infante don Hernando contra el Rey Jaime I, pasó Castro a la Corona de Aragón, con la alevosa muerte de su alcaide Pedro Sessé”. Se refiere del Arco a que el castillo de Castro fue conquistado por las tropas del Rey y ejecutado su Alcaide, Pedro de Sesé, de forma injusta e innecesaria, toda vez que no estaba en el ánimo del Rey tomar ningún tipo de venganza con los vencidos. Así lo comenta Zurita cuando dice que “entraban en el perdón, don Pedro Cornel, don Atorella y don Pedro Jordán y los otros caballeros que habían  seguido la parcialidad del infante; y pusiéronse en libertad los prisioneros de ambas partes; y restituyéronse los castillos de Castro, San Medir, Angües, Junzano y Santa Olalla y otros que se habían ocupado en esta guerra, reservando el castillo de las Cellas.” El alcaide de Castro, Pedro de Sesé, no fue perdonado. Era el año 1227 y Castro fue restituido a su anterior propietario-tenente don Guillén de Moncada.

          Treinta y ocho años después, el Rey don Jaime confirma a un Pedro de Sesé la donación de la villa de Mediana y sus aldeas. ¿Se trataba de una compensación que hacía a un posible hijo de Pedro de Sesé, el alcaide de Castro asesinado inútilmente?

          Pero Castro seguía en la pupila del Conquistador, y es curioso que, años más tarde, aprovechase la amistad íntima con Blanca de Antillón, a la sazón propietaria de Castro, para comprárselo por 400  doblones de oro. Esto ocurría en 1241, y al decir de Ferrán Fondevila,  un año antes del nacimiento de Ferrán Sánchez.

          La compra de Castro por el Rey, la hemos visto en un documento del Archivo de la Corona de Aragón, Cancillería, carp. 83, nº 878, en un pergamino que bien podría ser el original y que dice: “Notum sit cunctis quod ego dompna Blancha/dAntillio... espontanea mea propria voluntate... vendo, trado et in perpetuo concedo vobis domno Jacobo, gratia Dei, regi Aragonum... et successoribus vestris, totum illum meum ius, racionem... in Castro et ville qui vocatur Castre... vendo per quatuorcentos aureos quos iam de vobis numerando habui et recepi unde mihi (satisfactum) est...

          Así  es como Castro pasa a la corona hasta que sea regalado como Baronía a su hijo Ferrán Sánchez, que con toda seguridad ya es Barón de Castro en el año 1263, cuando frisaba los veintiún años (según Fondevila), dos años antes de su matrimonio con doña Aldonza de Urrea. El texto latino de la venta, es sucinto y escueto: Blanca de Antillón, libremente y sin coacción alguna, vende a su señor el rey (señor y amante) el castillo y tierras de castro y sus términos, por 400 doblones de oro, que confiesa haber recibido en su momento. Pero lo interesante, no es saber lo que ha costado al Rey el señorío de Castro, sino porqué lo compra ó para qué lo compra, él que, unos años después, donará las villas de Salas Altas y Salas Bajas a doña Ozenda, la madre de Blanca de Antillón.

          En nuestra opinión, el Conquistador compra Castro como expresión de agradecimiento a “los favores” de su amante Blanca, que al parecer ya está  preñada, y en previsión de la futura donación del señorío al hijo futuro. Castro y todos sus territorios adyacentes, lo que es hoy La Puebla de castro, Ubiergo, Bolturina, Torreciudad, Secastilla y Olvena, se constituyen  como Baronía “in pectore” ya en el año 1241, y las tres circunstancias que concurren y explican tal hecho, son las siguientes:
  1. El interés de los Reyes de dotar a sus hijos naturales de señoríos que, aparte de su valor económico, tuvieran una importancia estratégica pues nadie podía defender mejor los intereses del Rey que los hijos de la propia sangre.
  2. El hecho de que perteneciera a la madre de su hijo, con lo que, de alguna manera, comprándole el señorío también pagaba sus favores.
  3. El prestigio y antigüedad de la Abacial de Castro, referencia de un Estado digna incluso para el hijo de un gran Rey. Por otra parte, ocasiones no le faltarían para ir complementando la Baronía con otras tierras más fértiles al sur, como Estadilla y Pomar de Cinca.





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