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DEL CILINDRO A LA PLUMA

Del Cilindro  a la  Pluma. Recreación y  tragedia.
Recuerdos de infancia en la década de los 30 y reflexiones de un octogenario sobre la crisis actual.




Autor del artículo: Vicente Burrel Guillén
Fecha del artículo: Febrero de 2011

Publicado en la Web de la familia Burrel: http://www.telefonica.net/web2/jburrel/



     Últimamente la memoria me da algún que otro desplante, y en previsión de que  cualquier día me dé el último,  quisiera contarles una diversión de mi época infantil entre  los  años 1.933 al 40 del siglo pasado. 
      Asumida la responsabilidad de que me llamen carcamal quienes están  prestos a ponderar  el progresismo vigente, no quisiera malversarles  un ápice de ese  tiempo tan  apresurado de la vida actual, que indistintamente a todos nos atañe en poco ó mucho; a los jóvenes, los arrastra la abrumadora diversidad de objetivos, que para colmo, evolucionan tan rápido que antes de asumir la última innovación ya les atraganta el invento siguiente. Para nosotros los viejos, hacer a la carrera el mismo camino, incierto de por sí, nos agobia en extremo. De consuelo, nos vale, la garantía de que todos llegaremos a la misma meta en su puntual y justo  momento.  
     A punto fijo, no puedo  precisar el año que se rehabilito “La Carretera Nueva” que desde El Royal, mal que bien, accedían los  coches al centro de la Villa, pero convino  entre el 1.933 al 35, cuando un servidor cumplía los ocho años. Hicieron el firme de piedra machacada recubierta con recebo (Mezcla de gravas y arcilla) y apisonada al estilo de entonces. Y para completar la obra a efectos de prestancia, sobre la misma pared lindante de “El campo de las Aygüeras” (Ahora urbanizado) se habilitaron cuatro bancos de hierro en fábrica barata, que no obstante su exigua comodidad, agradecieron los paseantes y la juventud, mayormente durante  aquellas largas tardes domingueras de la Cuaresma, cuando se nos prohibieron las habituales sesiones de baile en la Sociedad La Alegría

La Puebla de Castro. Postal antigua facilitada por Casa Gul.

      Entonces, ya existían apisonadoras de tracción a vapor para compactar, pero en estas pequeñas obras de  caminos vecinales, de los más que entonces se crearon, las exiguas finanzas no permitían al contratista  valerse de aquella irrefutable maquinaria pesada. Ingenios, que al día de hoy estimaríamos de juguete, y que en su menudencia  actualmente cumplen holgadamente  de atractivas piezas de museo. 
      Aquí viene el enunciado Cilindro.  Este nombre común, los zagales lo teníamos por propio; bien en definición de aquella geometría que empezábamos a estudiar, o en razón de la utilidad para la cual fue construido: por lo tanto no encierra ningún secreto ¿Que en qué consistía? Muy sencillo; para  la chiquillería, ni era el ruello de piedra de las eras de trillar, ni mucho menos los rodillos que actualmente remolcan los tractores acondicionando los campos para la sementera. Desde su ubicación junto al el huerto de Carrasquero, lo teníamos en exclusiva, tanto por  balancín o columpio, como por importante punto de reunión para planear correrías y juegos. Exactamente en el cruce de caminos donde actualmente está la báscula Municipal.
     Intentaré describir el aparato. La parte esencial la componía un cilindro de fundición hueco, con su eje central. En un lado, un agujero con  tapón roscado permitía llenarlo de agua a efecto de incrementar lastre cuando el trabajo lo exigiera, y si estimamos su capacidad en un metro cúbico, ya son mil quilos de peso, que sumados a otros tantos del apero, hacen dos toneladas. Eso,  valorando en mínimos sendas cantidades. Remataba  su estructura una fuerte bastida rectangular de hierro forjado en derredor, con sus correspondientes cojinetes anclados al eje; más unos suplementos delante y atrás capaces para acomodarnos tres ó cuatro chavales en cada parte a efectos de servirnos de balancín (“espalondrador”, le decíamos); y para terminar debo añadir que no recuerdo tuviera ningún sistema de frenado, lo que lleva a preguntarme ¿Cómo es posible que este aparato no tuviera un freno,  cuando para su tracción sería preciso enganchar uncidos dos o tres pares de machos? ¿Qué accidente no pudiera ocurrir cuando en cuesta abajo se les viniera encima? Se supone, que compactando, la misma grava le serviría de freno, pero ¡Alguna  vez precisara bajar por lo apisonado! (¿?) Dejemos aquí la incógnita y pasemos a lo substancial. Pero lo substancial deberá aplazarse  un par de líneas, para  intercalar dos pesquisas  que me ha facilitado al día de hoy mi  amigo de las correrías infantiles, Mariano Serena Garúz. Me descifra que sí, que tenía un freno pero que por ser desmontable  lo retiraron  cuando lo dejaron aparcado. La segunda se refiere al nombre del Contratista que efectuó la obra; un tal...Viola: de quién no tenemos otra referencia.  
     Si el retrato ha sido atinado, cualquier lector puede hacerse a la imagen del aparato. Sigamos; ahora alcanzan  los pormenores administrativos tras la contrata, y la sinrazón de que quedara allí tanto tiempo postergado. Y si digo bastante, es que no recuerdo  verlo trabajar en su cometido; cuando para los chiquillos del pueblo, aquella novedad no íbamos a desperdiciarla así como así. Total, que en aquél intervalo estalló la Guerra Civil cuyo conflicto  paralizó todas las obras públicas no afines al Estado de Guerra.
     Como aquí no hubo tiros ni combates, nosotros a lo nuestro,  a jugar y correr por los sitios de costumbre como la era de Andrés, el frontón de la Plaza,  la era de Gaspar, y ahora el  huerto de Carrasquero con el susodicho  Cilindro;  pero la inquietud de la niñez  pronto se cansa de todo y en seguida descubrimos otra alternativa de juego. Ahora, la fantasía creativa de aquellos zagales, que sin notarlo se iniciaban a ser hombres, nos llevó a cavar una trinchera para defender la posición de un posible frente de guerra, al modo y manera que lo estaban haciendo en el Tozal Gordo de  la sierra de San Roque, una sección de Fortificaciones del  Ejército Republicano; así  que allí, contiguo al Cilindro, en los llamados Ramos de Cristé, principiamos  a cavar una trinchera que nos tuvo ocupados dos o tres tardes hasta que nos rindió el hastío y el cansancio.
         Nuestro Cilindro en cuestión, entre el periodo de la preguerra, 20 meses de Guerra bajo el signo Republicano, y los 12 siguientes bajo el mando Nacional, hasta que finalizó la contienda el 1º de Abril de 1.939, totalizan un mínimo de tres años ó cerca de los cuatro  que debió de estar a nuestro servicio particular, hasta cierto día -aciago  para nosotros- que su dueño o algún heredero  lo recuperó; llevándose a su vez, una  buena parte de nuestra ilusión, inocencia y candor infantil. ¿Será posible que después de tantos años subsista en mí  el disgusto que tuve cierto día, al pasar en solitario por el sitio habitual  donde debería estar el Cilindro y ratificar su ausencia? Solo quedaba en su lugar una  intensa huella marcada en testimonio de aquellos años felices de nuestra infancia.

      Jamás supimos de su forzada holganza, y si en la adolescencia hubo algún  comentario, nos pasó inadvertido entre el cúmulo de noticias  más importantes que traían  nuestros soldados de los frentes de guerra, según regresaban de permiso o bien licenciados. Cantidad de aventuras por contar. En todos los foros parlamentarios  de reunión y por lo menos durante dos o tres años, predominó el  tópico de combatientes y excombatientes de entre ambos bandos contrarios; escuchándolos los mozuelos exaltados, a extremos,  que al ser tan repetitivas, nos permitió  memorizar  todas las batallas más sonadas de la contienda, y que según estábamos de imbuidos, hasta las dábamos por presenciadas cuando no por compartidas. Finalmente y poco a poco, unos ahítos de la misma cantilena y otros oteando perspectivas  casamenteras, fueron relegadas olvido.
      Debieron  transcurrir 70 años para que una lucecita evocara en  mis recuerdos  aquella estampa en blanco y negro del Cilindro de la infancia. Lo representaba en mi interior tal cual en el sitio exacto de su letargo y obligado retiro. En cambio,  lo que  más trabajo me  llevó recordar fue su propio nombre: ¡El cilindro! ¡Cómo no…pensaba!  
     Ha pocos días, estando en la terraza de nuestra casa e inducido por la nostalgia, mi pensamiento volaba entre las tragedias y penalidades que sufrieron nuestro mayores. ¿Quién hubiera calculado al inicio de  aquél fatídico verano del 36, los tres años de hecatombe que se allegaban con la Guerra, y  el agravante, de los veinte ó veinticinco siguientes, inclusive de penuria alimentaria? Veinte o 25 años, que en la flor de la vida se hacen eternos en ese periodo de “Cuando nada es imposible para el juvenil esfuerzo” que diría el poeta ¡Tres años  matándonos entre españoles! más  los tormentos consiguientes al conflicto que en nada rebajan de los anteriores, hasta que se superó la crisis preestablecida.

La Puebla de Castro, vista de la parte oriental. Postal antigua facilitada por Casa Gul.

      Crisis, ¡La rabiosa crisis de actualidad mundial: para mayor infortunio! No ha sido una simple cacofonía que se me ha ido. Ha sido una incontinencia de oír reiteradamente el clamor pavoroso de unos, y la  infinita sagacidad de otros en ocultarla. A la intemperancia, le ha sucedido el trance de un violento despertar, de  acuciantes perspectivas que  analizar. ¡El trauma de la economía mundial!  Que,  finalizado  el 2.008  nos tiene  a los españoles sobrecogidos, si no por lo que ocurre, por lo que se presagia que puede ocurrir. ¿Será por exagerar?
    

     Es frecuente,  mirar un objeto sin verlo cabalmente  porque el pensamiento atiende  otro  negocio. Esto me ocurrió mientras divagaba  sobre aquél Cilindro de nuestra infancia…Mi pensamiento orientado hacia el Sur/Oeste, se concernía en la dirección donde estuvo desdeñado aquél nuestro “columpio integral de seis plazas”; y un poco más al norte, rivalizando en altura con La torre de la Iglesia, por fin, terminé  asimilando  lo que veía sin entender. La Pluma.  
     Sí; esa era la causa que me dejó atónito y  suspenso: la Pluma  con su arrogante mástil. Terminaba de desvelar un  testimonio análogo en su gravedad premonitoria, a aquél de nuestra época del cilindro del epígrafe, del fatídico verano del 36. Ahora, angustiado, entendía el motivo de mi desazón. Ha sido La Pluma.  Esta pluma cuya semántica la define  como “grúa elevadora de materiales en  la construcción de edificios sin que le incumba la altura de su fábrica”; y  que permite dejarlos  suavemente  en cualquier punto al alcance de sus veinticinco  metros de radio de acción. Una pluma más, de los cientos  que  el viajero puede ver según se acerca  a cualquiera ciudad de España y que en su  analogía huelga definirlas. Todas tienen un denominador común: ¡Alto! ¡Quietos  parados!  
      Nuestra pluma del  relato, similar a casi todas, ya acumula un paro, cerca del  año, con la obra a medio construir. Quedó  varada en testimonio de lo que fue. De lo que ahora es; solamente cumple de indicativo como rosa de los vientos. De veleta; que en paro debe orientarse en dirección al viento cuál  proa de barco cortando las olas para no volcar. De lo que será… sólo Dios lo sabe: Pero me daría angustia ver la chiquillería servirse de ella a modo de juguete, cual lo hicimos nosotros con el Cilindro. 
     No soy convicto pesimista, a lo que  bien podría llevarme el declive de la edad. Al  comentario de “la veleta” debo añadir, que no hubo intención de jactarme con una broma de mal gusto, y menos, por la relación de amistad  que por tercera generación consecutiva perdura entre la familia del Contratista de la obra y la de quién suscribe. El objetivo ha sido puramente especulativo y circunstancial.
     Veamos: ¿Acaso no hay suficientes indicios equiparables entre la discrepante política actual y la de aquellos ancestros republicanos, que nos llevaron a la hecatombe? ¿Acaso la seguridad ciudadana  tiene ahora más garantías que entonces? ¿Y de las cárceles, hoy llenas de reclusos cual sardinas en cubo? ¡De los terroristas, y de nuestros permisivos gobernantes, negociando entre ambos de tú a tú, cual si fueran chalanes o compadres de feria! De los independentistas, que en sus miserias, se gozarían descuartizando el magno trabajo de Los Reyes Católicos.  De la mal llamada “violencia de género”. Estupidez cognoscible por dos razones: Primera, porque ambos géneros, desde siempre subsistieron y subsistimos juntos tan campantemente, y segunda porque esas parejas -que hoy se matan y violentan- cuando en principio tan fugazmente se amaron, se violentaron o se violaron sin un mínimo de respeto mutuo, y se aparearon instintivamente cual lo hacen quienes yo me sé, solo  por darle gusto a la pera: y lo que es peor; sin discernir ni calcular las graves  consecuencias retroactivas que suelen acompañar (por no decir siempre) tanto las relaciones prematrimoniales como extramatrimoniales.  Y éste y no otro, es el verdadero origen de la “violencia de género” que hoy se pretende erradicar de las maneras más ridículas, y grotescas; y todo, por la vergüenza de no reconocer la verdadera causa que proviene de aquél   “amor libre” que el comunismo libertario de antaño ya clamaba a voz en grito: y que a su vez, dicho sea de paso, tan buenos dividendos le ha rentabilizado al socialismo actual en boga. ¿Será de nuevo por exagerar?
     Un par de sombreados más que anotar, que alucinan por su identidad e intensidad. Tres cuartos de siglo pasaron  desde las premoniciones de nuestro Cilindro, y hoy  se acusan idénticas secuelas de radicalismo. Radicalismo puro, que sin recatos para lograr sus fines, les fustiga a perpetuarse en el poder ¡Todo se justifica por lograr la pazzzz…y el bienestar de la humanidad!  (Aunque para ello, se precise  exterminar una mitad) ¿O no  ocurrió así, con aquél Nacionalsocialismo centroeuropeo, originario de unas elecciones democráticas?  
     Pues bien; aprobado lo antedicho, ya no es menester refrendarlo  con esa realidad indiscutible. Diferente cuestión será, sí con el mismo contexto en la mano, pretender persuadir de tanta sin razón a ese acervo de pacíficos y honestos votantes socialistas, que desde sanas tradiciones y liberalidad política, en su abstracción, conceden voto y apoyo a seres inicuos. Que nadie se llame a engaño, si sus energías se estrellan fatídicamente contra dichos incautos, en un intento de convencerles lo que debieran asumir como un  deber tajante. La prioridad, de quitar de una vez  los pies del tiesto, o su equivalente venda en los ojos, que les lleva al borde del precipicio, con la doble amenaza de arrastrarnos a todos. ¿Será también por exagerar? ¡Ojala!
      Todos somos buenos mientras no se demuestre lo contrario, pero ¡Que Dios nos guarde de malas compañías! ¿Qué toca un viaje junto a un pasajero indeseado? Se hace. Buena cara y mejor semblante es cuanto  procede; a vigilar la cartera, y si te cuenta alguna mentira ó te pretende engañar,  pues trágala sin aspavientos para que jamás se te olvide en una segunda ocasión!  Asedio.
La Puebla de Castro. Autor de la foto: José Noguera García
     De  intención  he postergado para el final el último oscurecer del crepúsculo. Desde aquél 13 de Marzo del 2.004 que subieron al poder los socialistas, asiduamente y con diabólica sagacidad, mantienen sitiado el muro de la Iglesia Católica prestos para el asalto;  por ser esta la defensa más firme  que se interpone al logro de sus fines. ¿O es que los sempiternos embates -cual  puede ser- contra los Sacramentos u otros principios piadosos de Fe, acreditados en los siglos, por millones de creyentes españoles, e inclusive de profanos y laicos?  ¿No  es realmente escarnio y provocación para  una inmensa mayoría  de fieles  Cristianos? Cierto es, y sea en buena hora, que hasta el momento  no se ha revalidado la quema de iglesias y conventos. Pero no será por falta de ganas. Cuando por placer se queman en efigie las figuras de sus Majestades  nuestros Reyes, con anuencia o beneplácito del gobierno, ¡No me digas..! ¿Con cuanto gusto no los quemarían  en persona? Y en faltándonos los Reyes, las chispas incendiarias,  dejarían exiguos y pequeños, los fuegos de los bosques y las fogatas de los hornos  crematorios de difuntos. ¿Son, o no son estos, atisbos patibularios, de quienes públicamente manifiestan las  ganas de legitimarse de  modernos inquisidores?  Pues esto. ¡¡Y aún bastante menos sucedió en aquella ocasión, y que ahora  presagian mis sentidos temiéndose lo peor!!   
     De los nacidos en  la década del  1.926, quedamos pocos a contar aquellos extravíos; que a  lo visto, no se asumieron o superaron todos, ¿O debió quedar alguna copia de tan ideal inventario, que con pequeñas variantes se sirvieron  nuestros descendientes  para reciclar tan modélico tipo de hidrofobia?
     La situación en España se agrava día a día por el cierre empresarial y los consiguientes despidos, que a fecha de estas Calendas, crecen en siete mil parados más día a día. Esta crisis económica con ser  muy grave, ya viene  auspiciada de otra anterior, bastante peor si cabe, por el menoscabo de los valores cívicos. Valores, que a diferencia de los mercantiles son  imposibles de recuperar a corto plazo. En  economía, la imaginación permite  crearse todos los supuestos válidos que uno quiera para salir de un apuro. La lotería, un buen negocio, una  herencia etc. etc. Pero pierda usted el crédito, la honradez, la fama, el decoro, la castidad. Y esto, por no continuar con la retahíla  de  vicios que asiduamente nos halagan humanamente, porque no daría la página. Solamente apuntaré uno, que va de cabo Gastador encabezando la formación:   La Ambición.  La ambición  que en su expresión más genuina ya la describió SS. Juan Pablo II en cierta homilía “aunque cueste creerlo, es la madre de todos los males de nuestra Tierra terrenal “.  Pero si aceptamos que el  vicio, la moral, el despilfarro, la golfería y la pérdida de valores cívicos conciernen en el resultado que ahora nos aflige; pretender erradicar de un tirón tanta desgracia  acumulada, se me hace muy conflictivo. La primera solución, pasa por excluir toda causa: El meollo.  
      El meollo, la  sensatez, e inclusive  el mismo juicio,  (y  siempre generalizando)  en tanto haya  personas   dispuestas a  rebatir  el origen de esos preceptos; una  mayoría de nosotros -los caducos carcamales octogenarios, que para más INRI, hasta solemos ir a misa-  nos mantendremos firmes en aquella vieja metáfora. “El árbol que  creció torcido, es muy difícil de enderezar” (Y como ahora cada vez  prevalecen  más  “centenarios”, estimamos viable la elasticidad  hasta los  cincuenta años. A partir de esa  edad, se colige que ya no hay solución: deberán  subsistir con su torcedura inicial y continuar  con su propio criterio  de persona establecida).  Dicho en  palabras del prestigioso filósofo y Catedrático G. Albiac,  de quién  me permito espigar esta frase   “…aquellos congresos de filósofos jóvenes de los años 70, cuando todavía desbarrábamos  maravillosamente. A ciertas edades está bien desbarrar, pero a partir de cierta edad hay que cuidarse”.  
     Pues como era de esperar, la pesada losa que de un tiempo  tambaleaba, se nos vino encima al final del 2.008.  Ahora, que nadie se llame a engaño cuando el pecado es de todos. Por activo o por pasivo o  cuando no, por  traspiés en el  sufragio electoral, no podemos eludir nuestra  responsabilidad sin aceptar, ¡¡Que nos  excedimos  gastando en lo  superfluo más de la cuenta!!  Además, hemos invertido cantidades fabulosas (tomadas a crédito de créditos sin garantías, incluso para ir de vacaciones)  omitiendo antiquísimas  y elementales reglas de aquella economía práctica al uso  de  cuando todavía no se estudiaba en las universidades.
     Ahora desde el berenjenal que estamos metidos, se nos recomienda “optimismo y confianza que aquí no passssa nada”. Tras  esa convicción, evalúo;  que aún sin menoscabo de su provecho, hoy por hoy -confianza y optimismo-  son  las plusvalías más asequibles a cualquier bolsillo, si bien poco  contribuyen a llenarlo.  En un intento de recuperar la confianza general, algunos países  con EE.UU. al frente, pretenden paliar la crisis creando más deuda estatal en cantidades siderales, en un  intento de ganar tiempo, e ir concienciado a la sociedad de que nuestra andadura por la vida no puede ser  una juerga ilimitada.





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