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UN EXTRATERRESTRE VISITA LA PUEBLA

EL ALIENÍGENA DE PLUTÓN QUE LLEGÓ A LA PUEBLA DE CASTRO

Ramón Guillén Pallaruelo
El relato en tono desenfadado del contacto entre un alienígena y un vecino de La Puebla de Castro, Ramón Guillén Pallaruelo, de casa Tomasa, lo publicó el propio vecino en el Libré de las Fiestas del año 2026.

El relato del encuentro está escrito en el habla de La Puebla de Castro: aragonés bajorribagorzano. Al final del texto, se incluye una traducción al castellano para facilitar la compresión de quienes no son de la zona.


DE LA PUEBLA A PLUTÓN

Iba a enganchá a treballá l’otra tarde, después de fe una buena mediodiada hasta que se pasase la caló, cuan al chirá en l’esquina Gaspá (casa del llugá) me va trobá de sopetón con un extraterrestre y mos van meté a charrá.

Pues resulta que veniba de Plutón a mirá cómo viviban la chen aquí, en la Tierra. Y se vey que después de visita Pekín, Buenos Aires, París, Nueva York y Barbastro, al torná ta casa, van veyé desde l’aire el llavadó de la Huerta y, cómo no, les va llamá l’atención. Van pensá que aquella estructura singular l’eba teniu que fe, per fuerza, una inteligencia superior. El van comunicá a sus superiores (hasta en Plutón ñ’hay chen per encima tuyo, ¡ñ’hay que jodese!) y les van di que no s’en tornasen sin investigá ixa civilización. Y en ixo estaba.


El Lavador de la Huerta de La Puebla de Castro. Autor de la foto Pascual Iris Producción.

El Lavador de la Huerta de La Puebla de Castro. Autor de la foto Mariano Bardají Lanau.

Conque se va fartá de pregúntame cosas y yo, que por suerte soy bilingüe, me va determina a contestale en baixorribagorzano pa que se dase cuenta de la diversidá que tamé ñ’hay en lo chicot.

Lo que más le llamaba l’atención va sé que cómo eba posible que mos apañasen en una comunidá tan birriosa. Aquí le va tené que pará los pies, le va di que de birriosa nada, que eban más de cuatrocientos y que, a diferencia d’ixas otras ciudás qu’eba visitau, aquí toz teneban nombre y mo’l sabeban.

El alienígena de Plutón durante su visita a La Puebla de Castro.

Le va tení qu’explicá (no l’entraba ben en ixa cabeza de güego que teniba) que cuan amaneces en un sitio así, ya seiga per natalicio o per adopción (en este último caso y’has de pasá dos meses de noviembre seguius pa que se t’en vaiga de la mollera ixa boira que t’eban metiu los de Jolibud de lo que eba viví en un llugá), y entras a sé parte d’esta comunidá tendrás siempre vigilancia de lo que fas y pasarán toz los actos per las fiscalías y mentideros. Pero cuan, per demasiau choven, demasiau viejo u mal sobreveniu te creigas desamparau, ixa misma fiscalía te recogerá y te llevará ta casa u t’ayudará sin pensáselo, perque es de los suyos.

—¿qué t’ha pasau, nino?

—No se on está mi mare.

—¡Un cocho la lleaba en la boca! No chiqué, viene que la mirarén, y si no la trobán estate con yo hasta que llegue.


—¡Oy, rediós!, pues que l’ha pasau, siña esta?’

—No’l sé, chiquet. Cuan me dau cuenta estaba llarga en el suelo y en casa no ñ’hay ninguno.

—¿Puez caminá? In a vé a Sonia o a Marisa (la médico y la enfermera del llugá).


—Tanto tiempo malo, ¿Cómo ferás pa cogé las olivas?

—Ya mirarén d’apañamos.

—Ya m’el penso, pero yo t’aduyaré.

     —Y yo

         —Y yo.

             —Y yo.

Estos ejemplos van serví p’acompañá lo que le va di, que sobretó pa los ninons y pa los viejos eba el milló sitio pa viví. Los críos perque podeban fe la milló extraescolar que e chugá en la calle con los otros sin que ninguno les diga lo que tienen que fe y tan tranquilos como en brazos de mare (ahora llamarían a esto autogestión del segmento de ocio), y los viejos (con to’l cariño’l mundo lo de viejos) perque seguiban sen parte de la sociedá.

Parez que le va empezá a entrá un poco lo que ñ’haeba. Tamé le va di que si alguno se sentiba per encima de los demás y no feba más que jodé la marrana, la comunidad eba chicota y ascape se l’acababa el terreno y se quedaba solo… pero que, si feba como uno más, vería como ixa misma comunidá s’iba ensanchán.

Van charrá mucho más, tanto que ya se mos ixugaba la boca. Me va di que s’eba quedau impresionau con este modelo social one lo colectivo aún vale tanto y que en Plutón iban a aluciná con La Puebla de Castro.

Per parte mía, solo espero habele sabiu trasmití lo que e sé de un llugá.

 

Plutón en el Sistema Solar.

EL RELATO TRADUCIDO AL CASTELLANO

Iba a empezar a trabajar la otra tarde, después de echar una buena siesta hasta que se pasase el calor, cuando al girar en la esquina de casa Gaspar me encontré de improviso con un extraterrestre y nos pusimos a hablar.

Pues resulta que venía de Plutón a saber cómo vivía la gente aquí, en la Tierra. Y se ve que después de visitar Pekín, Buenos Aires, París, Nueva York y Barbastro, al volver a casa, vieron desde el aire el lavadero de la Huerta y, cómo no, les llamó la atención. Pensaron que aquella estructura singular la había tenido que hacer, por fuerza, una inteligencia superior. Lo comunicaron a sus superiores (hasta en Plutón hay gente por encima de uno, ¡hay que joderse!) y les dijeron que no regresaran sin investigar esa civilización. Y en esas estaba.

Así que se hartó de preguntarme cosas y yo, que por suerte soy bilingüe, me decidí a contestarle en bajorribagorzano para que se diese cuenta de la diversidad que también hay en lo pequeño.

Lo que más le llamaba la atención fue que cómo era posible que nos arreglásemos en una comunidad tan insignificante. Aquí le tuve que parar los pies, le dije que de insignificante nada, que eramos más de cuatrocientos y que, a diferencia de esas otras ciudades que había visitado, aquí todos tenían nombre y nos lo sabíamos.

Le tuve que explicar (no le entraba bien en esa cabeza de huevo que tenía) que cuando amaneces en un sitio así, ya sea por nacimiento o por adopción (en este último caso has de pasar dos meses de noviembre seguidos para que se te vaya de la mente esa niebla que te han metido los de Hollywood de lo que es vivir en un pueblo), y entras a ser parte de esta comunidad, tendrás siempre vigilancia de lo que haces y pasarán todos tus actos por las fiscalías y mentideros. Pero cuando, por demasiado joven, demasiado viejo o un mal imprevisto te creas desamparado, esa misma comunidad te recogerá y te llevará a casa o te ayudará sin pensárselo, porque eres de los suyos.

¿Qué te ha pasado, niño?
—No sé dónde está mi madre.
—¡Un perro la llevaba en la boca! No te preocupes, ven que la buscaremos, y si no la encontramos quédate conmigo hasta que llegue.

 

—¡Oy, rediós!, ¿pues qué le ha pasado, señora esta?
—No lo sé, chico. Cuando me he dado cuenta estaba tumbada en el suelo y en casa no hay nadie.
—¿Puede caminar? Le acompaño a ver a Sonia o a Marisa (la médico y la enfermera del pueblo).

 

—Con tantos días de lluvia, ¿Cómo harás para recoger las olivas?
—Ya miraremos de arreglarnos.
—Ya me lo imagino, pero yo te ayudaré.
Y yo.
—Y yo.
—Y yo.

Estos ejemplos sirvieron para acompañar lo que le dije, que sobre todo para los pequeños y para los viejos era el mejor sitio donde vivir. Los críos porque podían hacer la mejor extraescolar, que es jugar en la calle con los otros sin que nadie les diga lo que tienen que hacer y tan tranquilos como en brazos de su madre (ahora llamarían a esto autogestión del segmento de ocio), y los viejos (con todo el cariño del mundo lo de viejos) porque seguían siendo parte de la sociedad.

Parece que empezó a entender un poco lo que había. También le dije que si alguno se sentía por encima de los demás y no hacía más que fastidiar, la comunidad era pequeña y enseguida se le acababa el terreno y se quedaba solo… pero que, si hacía como uno más, vería cómo esta misma comunidad se iba ensanchando.

Hablaron mucho más, tanto que ya se nos secaba la boca. Me dijo que se había quedado impresionado con este modelo social donde lo colectivo aún vale tanto y que en Plutón iban a alucinar con La Puebla de Castro.

Por mi parte, solo espero haberle sabido transmitir lo que es ser de un pueblo.







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